Por Mario Henao Quevedo
Ciudad Kennedy es como una inmensa colcha de retazos. Construida ladrillo a ladrillo durante los últimos 40 y tantos años, se extiende desordenadamente sobre una amplia franja al suroccidente bogotano, dando espacio a unos 400 barrios y cabida a por lo menos un millón trescientas mil personas.
En ella convergen familias procedentes de los distintos rincones de la geografía nacional, al punto que algunos afirman que"todo colombiano tiene un pariente en Kennedy". Quizás por esta diversidad, aquí predominan los contrastes: De calles y viviendas en las que reina la pobreza, a calles y viviendas refinadas, con tan solo cruzar una vía.
Difamada a veces y elogiada otras, lo cierto es que Kennedy representa un pedazo de patria, en el que se sueña y se lucha por vivir mejor, resultado de lo cual hoy se le considera una de las localidades más completas de la capital, con numerosos colegios, bibliotecas, instituciones bancarias, parques, restaurantes, variado comercio, central de abastos, hospital, emisora y periódico diario propios, vías y medios de transporte que la comunican rápidamente con el resto de Bogotá y con municipios vecinos a este, como Soacha.
Pero no sólo eso. Kennedy cuenta con una rica historia, personajes anónimos, episodios tristemente célebres, que le han dado la vuelta al mundo; leyendas de ultratumba, lugares insospechados y prohibidos y verdaderos testimonios de vida, que la hacen única, especial y sorprendente.
La súperhipermegaplay
Una Kennedy ruidosa y un tanto festiva, si se quiere, emerge cada vez más de entre los suburbios que la componen. Las viejas casitas de algunos sectores, levantadas en medio de las esperanzas y las desesperanzas de sus primeros propietarios, han dejado de ser el abrigo de centenares de familias para dar paso a negocios de toda especie.
De este modo, a lado y lado de buena parte de las principales arterias que caprichosamente atraviesan esta famosa ciudad dentro de la ciudad, encontramos, atiborrado, en locales y andenes, todo cuanto pueda haber. Cualquier zaguán, cualquier 'huequito', cualquier espacio aguanta para el rebusque. Es la radiografía perfecta de una de las epidemias que más afecta a Colombia: el desempleo, pero al mismo tiempo, la marca indeleble de que"aquí nadie se vara".
En medio de chorizos, mazorcas asadas y arepas rellenas, es posible adquirir una fina loción, lo último en zapatos tenis, en celulares, en estilógrafos o en ropa deportiva y aún todo lo que uno no necesita pero que le hacen creer que sí, por el mero hecho de pasar por ahí. Pero eso no es nada. En el corazón de la zona rosa del sur, como se le llama a la agrupación de bares, tabernas, discotecas, moteles y otros similares que enmarcan la Avenida Primero de Mayo entre la Boyacá y la 68, se halla una amplia y reconocida casa de funerales. De esta manera, mientras unos lloran la pérdida de un ser querido, otros celebran ruidosamente alrededor, porque es quincena o fin de mes o aniversario o cualquier otra cosa que sirva de excusa para la rumba.
La gama de estos establecimientos también es variada. Aquí se dan cita por igual los amantes de la ranchera, del rock pesado, del metal, del cross over, de la balada tradicional, de la salsa y del vallenato, entre otros ritmos. En esta parte de la ciudad, los límites no existen y el desenfreno es total: Mujeres y hombres que se exhiben desnudos o semidesnudos públicamente para el morboso placer de quienes los observan y pagan por ello; ventas de ayudas para estimular el apetito sexual o superar las limitaciones que imponen la eyaculación precoz y la frigidez; prostíbulos que ofrecen 'servicios para toda clase de necesidades'; residencias con tarifas que van desde 'económica' a 'presidencial', según el bolsillo de cada cual... Y vaya uno a saber qué más.
Esta es la Kennedy estrafalaria y frívola, sórdida pero a la vista de todos, que en las noches de fin de semana, especialmente, parece un hormiguero, que interrumpe el tránsito vehicular, obliga a caminar apretujado y hace más tedioso desplazarse por allí. Una Kennedy muy a la 'europea', sostienen unos, o muy a lo 'Sodoma y Gomorra', exclaman otros. Es la Kennedy que muchos disfrutan, otros observan con complicidad y deseo -pero sin atreverse-, y a algunos arranca cruces.
Es la nueva Kennedy, que llegó a este tercer milenio impregnada de colores, olores y sabores de todas las latitudes. Esa que renunció a su condición de niña campesina para convertirse en toda una mujer metrópoli.
En ella convergen familias procedentes de los distintos rincones de la geografía nacional, al punto que algunos afirman que
Difamada a veces y elogiada otras, lo cierto es que Kennedy representa un pedazo de patria, en el que se sueña y se lucha por vivir mejor, resultado de lo cual hoy se le considera una de las localidades más completas de la capital, con numerosos colegios, bibliotecas, instituciones bancarias, parques, restaurantes, variado comercio, central de abastos, hospital, emisora y periódico diario propios, vías y medios de transporte que la comunican rápidamente con el resto de Bogotá y con municipios vecinos a este, como Soacha.
Pero no sólo eso. Kennedy cuenta con una rica historia, personajes anónimos, episodios tristemente célebres, que le han dado la vuelta al mundo; leyendas de ultratumba, lugares insospechados y prohibidos y verdaderos testimonios de vida, que la hacen única, especial y sorprendente.
La súperhipermegaplay
Una Kennedy ruidosa y un tanto festiva, si se quiere, emerge cada vez más de entre los suburbios que la componen. Las viejas casitas de algunos sectores, levantadas en medio de las esperanzas y las desesperanzas de sus primeros propietarios, han dejado de ser el abrigo de centenares de familias para dar paso a negocios de toda especie.
De este modo, a lado y lado de buena parte de las principales arterias que caprichosamente atraviesan esta famosa ciudad dentro de la ciudad, encontramos, atiborrado, en locales y andenes, todo cuanto pueda haber. Cualquier zaguán, cualquier 'huequito', cualquier espacio aguanta para el rebusque. Es la radiografía perfecta de una de las epidemias que más afecta a Colombia: el desempleo, pero al mismo tiempo, la marca indeleble de que
En medio de chorizos, mazorcas asadas y arepas rellenas, es posible adquirir una fina loción, lo último en zapatos tenis, en celulares, en estilógrafos o en ropa deportiva y aún todo lo que uno no necesita pero que le hacen creer que sí, por el mero hecho de pasar por ahí. Pero eso no es nada. En el corazón de la zona rosa del sur, como se le llama a la agrupación de bares, tabernas, discotecas, moteles y otros similares que enmarcan la Avenida Primero de Mayo entre la Boyacá y la 68, se halla una amplia y reconocida casa de funerales. De esta manera, mientras unos lloran la pérdida de un ser querido, otros celebran ruidosamente alrededor, porque es quincena o fin de mes o aniversario o cualquier otra cosa que sirva de excusa para la rumba.
La gama de estos establecimientos también es variada. Aquí se dan cita por igual los amantes de la ranchera, del rock pesado, del metal, del cross over, de la balada tradicional, de la salsa y del vallenato, entre otros ritmos. En esta parte de la ciudad, los límites no existen y el desenfreno es total: Mujeres y hombres que se exhiben desnudos o semidesnudos públicamente para el morboso placer de quienes los observan y pagan por ello; ventas de ayudas para estimular el apetito sexual o superar las limitaciones que imponen la eyaculación precoz y la frigidez; prostíbulos que ofrecen 'servicios para toda clase de necesidades'; residencias con tarifas que van desde 'económica' a 'presidencial', según el bolsillo de cada cual... Y vaya uno a saber qué más.
Esta es la Kennedy estrafalaria y frívola, sórdida pero a la vista de todos, que en las noches de fin de semana, especialmente, parece un hormiguero, que interrumpe el tránsito vehicular, obliga a caminar apretujado y hace más tedioso desplazarse por allí. Una Kennedy muy a la 'europea', sostienen unos, o muy a lo 'Sodoma y Gomorra', exclaman otros. Es la Kennedy que muchos disfrutan, otros observan con complicidad y deseo -pero sin atreverse-, y a algunos arranca cruces.
Es la nueva Kennedy, que llegó a este tercer milenio impregnada de colores, olores y sabores de todas las latitudes. Esa que renunció a su condición de niña campesina para convertirse en toda una mujer metrópoli.



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