martes, 9 de septiembre de 2008

Kennedy, de niña campesina a mujer metrópoli

Por Mario Henao Quevedo

Ciudad Kennedy es como una inmensa colcha de retazos. Construida ladrillo a ladrillo durante los últimos 40 y tantos años, se extiende desordenadamente sobre una amplia franja al suroccidente bogotano, dando espacio a unos 400 barrios y cabida a por lo menos un millón trescientas mil personas.

En ella convergen familias procedentes de los distintos rincones de la geografía nacional, al punto que algunos afirman que "todo colombiano tiene un pariente en Kennedy". Quizás por esta diversidad, aquí predominan los contrastes: De calles y viviendas en las que reina la pobreza, a calles y viviendas refinadas, con tan solo cruzar una vía.

Difamada a veces y elogiada otras, lo cierto es que Kennedy representa un pedazo de patria, en el que se sueña y se lucha por vivir mejor, resultado de lo cual hoy se le considera una de las localidades más completas de la capital, con numerosos colegios, bibliotecas, instituciones bancarias, parques, restaurantes, variado comercio, central de abastos, hospital, emisora y periódico diario propios, vías y medios de transporte que la comunican rápidamente con el resto de Bogotá y con municipios vecinos a este, como Soacha.

Pero no sólo eso. Kennedy cuenta con una rica historia, personajes anónimos, episodios tristemente célebres, que le han dado la vuelta al mundo; leyendas de ultratumba, lugares insospechados y prohibidos y verdaderos testimonios de vida, que la hacen única, especial y sorprendente.

La súperhipermegaplay

Una Kennedy ruidosa y un tanto festiva, si se quiere, emerge cada vez más de entre los suburbios que la componen. Las viejas casitas de algunos sectores, levantadas en medio de las esperanzas y las desesperanzas de sus primeros propietarios, han dejado de ser el abrigo de centenares de familias para dar paso a negocios de toda especie.

De este modo, a lado y lado de buena parte de las principales arterias que caprichosamente atraviesan esta famosa ciudad dentro de la ciudad, encontramos, atiborrado, en locales y andenes, todo cuanto pueda haber. Cualquier zaguán, cualquier 'huequito', cualquier espacio aguanta para el rebusque. Es la radiografía perfecta de una de las epidemias que más afecta a Colombia: el desempleo, pero al mismo tiempo, la marca indeleble de que "aquí nadie se vara".

En medio de chorizos, mazorcas asadas y arepas rellenas, es posible adquirir una fina loción, lo último en zapatos tenis, en celulares, en estilógrafos o en ropa deportiva y aún todo lo que uno no necesita pero que le hacen creer que sí, por el mero hecho de pasar por ahí. Pero eso no es nada. En el corazón de la zona rosa del sur, como se le llama a la agrupación de bares, tabernas, discotecas, moteles y otros similares que enmarcan la Avenida Primero de Mayo entre la Boyacá y la 68, se halla una amplia y reconocida casa de funerales. De esta manera, mientras unos lloran la pérdida de un ser querido, otros celebran ruidosamente alrededor, porque es quincena o fin de mes o aniversario o cualquier otra cosa que sirva de excusa para la rumba.

La gama de estos establecimientos también es variada. Aquí se dan cita por igual los amantes de la ranchera, del rock pesado, del metal, del cross over, de la balada tradicional, de la salsa y del vallenato, entre otros ritmos. En esta parte de la ciudad, los límites no existen y el desenfreno es total: Mujeres y hombres que se exhiben desnudos o semidesnudos públicamente para el morboso placer de quienes los observan y pagan por ello; ventas de ayudas para estimular el apetito sexual o superar las limitaciones que imponen la eyaculación precoz y la frigidez; prostíbulos que ofrecen 'servicios para toda clase de necesidades'; residencias con tarifas que van desde 'económica' a 'presidencial', según el bolsillo de cada cual... Y vaya uno a saber qué más.

Esta es la Kennedy estrafalaria y frívola, sórdida pero a la vista de todos, que en las noches de fin de semana, especialmente, parece un hormiguero, que interrumpe el tránsito vehicular, obliga a caminar apretujado y hace más tedioso desplazarse por allí. Una Kennedy muy a la 'europea', sostienen unos, o muy a lo 'Sodoma y Gomorra', exclaman otros. Es la Kennedy que muchos disfrutan, otros observan con complicidad y deseo -pero sin atreverse-, y a algunos arranca cruces.

Es la nueva Kennedy, que llegó a este tercer milenio impregnada de colores, olores y sabores de todas las latitudes. Esa que renunció a su condición de niña campesina para convertirse en toda una mujer metrópoli.

Una cortesana fugada de la realeza

Por Mario Henao Quevedo

A pesar de que Kennedy figura en los listines de la ciudad como una de las localidades más afectadas por los fenómenos sociales de la modernidad, lo que para algunos la convierte en una ‘zona de cuidado’, lo cierto es que sus orígenes e historia la sitúan en un lugar de mayor prestigio. Por lo menos así lo revelan las huellas tanto de su reciente como de su legendario pasado.


Por ejemplo, al revisar sus orígenes, nos encontramos con que ‘el hombre de Aguazuque’ podría ser el primer parroquiano con que contó el territorio que hoy abarca Kennedy, si en efecto los restos humanos hallados en 1992 en la hacienda del mismo nombre, ubicada entre Kennedy, Bosa y Soacha, corresponden a la edad de 2.700 años, conforme lo presume su descubridor, el arqueólogo Gonzalo Correal Urrego.


Ya en tiempos previos a la incursión de los españoles, los muiscas ocupaban toda la Sabana, incluyendo la actual jurisdicción de Kennedy, para entonces gobernada por el cacique Techitina o Techotiva, lo que daría pie para que la localidad fuera bautizada posteriormente como Techo, palabra que según distintos investigadores equivale a ‘Nuestra Laguna’.


En aquella época, además de la gigantesca laguna que predominaba en la región, los ríos Funza (ahora, Bogotá), Tunjuelo y Fucha –que rodean a Kennedy- eran verdaderamente ríos, en todo el sentido de la palabra, lejos del pestilente futuro que les aguardaba. El paisaje era incomparable y uno de los predilectos de los ancestrales moradores de Kennedy, que se refugiaron en los suelos que ahora corresponden a los barrios Casablanca, Catalina, Onasis, Pastranita II, Pepertuo Socorro y Villa Andrea, de acuerdo con diversos estudios.


También numerosos caminos hacia los sagrarios y centros de negocios muiscas cruzaban por el Kennedy de otrora, desprovisto por completo de cualquiera de los sistemas de transporte que en la actualidad lo ahogan. Dichos caminos serían cubiertos de concreto para dar paso al bus, al colectivo, al TransMilenio. Pero allí permanecen, debajo de la Avenida Agoberto Mejía y de la Avenida de Las Américas, como un poderoso cordón umbilical entre esos dos mundos tan distantes pero tan cercanos que son el ayer y el ahora.


El viejo Kennedy –que no se llamaba Kennedy ni era viejo- pasaría a ser un excelente botín para los ibéricos, uno de los cuales, Gonzalo García Zorro, llegaría a convertirse en el dueño de prácticamente toda la localidad, en 1550. Luego vendrían una serie de sucesiones y los terrenos irían "de mano en mano, entre españoles, criollos, comunidades religiosas, familias y sus herederos, lo que constituye una larga cadena", reza un documento. Obviamente, los indígenas resultarían despojados de sus propiedades y poco a poco desaparecerían.


La Kennedy nudista


Las 120 hermosas ‘mujeres’ desnudas que custodian el corazón de Kennedy acaban de celebrar 60 años de vida, pero se conservan tan erguidas y aguerridas como cuando el cincel del maestro Alonso Neira moldeó los senos y genitales de estas famosas musas que sin lugar a dudas se han convertido en una de las más grandes y espectaculares obras escultóricas con que cuenta la ciudad: el Monumento a Las Banderas, construido especialmente con motivo de la Conferencia Panamericana que se escenificaría en 1948 en Bogotá.


Este monumento, que más parece europeo y además es considerado único en su género, constituía la puerta de entrada a la ciudad, tras abandonar el aeropuerto de Techo que funcionó de 1929 a 1959 en el sector que todavía conserva ese nombre. El mismo en el que también se levantaría el popular hipódromo de Techo, ahora convertido en estadio de fútbol, en cuyos secretos recintos todavía perduran los rastros de aquellas tardes de euforia y de apuestas, que enriquecieron y a su vez empobrecieron a tantos cachacos.


Estos lugares hacen parte de un insospechado legado cultural que quizás las más jóvenes generaciones no conocen y las más viejas a lo mejor han olvidado, como la casa de la familia Plazas Marín en la que los presidentes John F. Kennedy y Alberto Lleras Camargo inaugurarían el barrio el 17 de diciembre de 1961 o la fuente de la Diosa del Agua o los vestigios de algunas haciendas y casonas coloniales.


Es que pocos saben que en la Kennedy de antaño también se libraron históricas batallas y que por sus senderos se pasearon personajes como San Pedro Claver o que la carrilera del tren que unía a Bogotá con Sibaté atravesaba buena parte de sus terrenos o que la virgen de la iglesia de La Macarena –en el centro de la localidad- abandonó España para radicarse allí o que el primer Museo Aeronáutico del país nació en 1968 en los solitarios hangares de Techo, acondicionados para ello como salas de exhibición.


Es que esta Kennedy que ahora se confunde con una cortesana común y corriente en realidad es hija legítima de la nobleza chibcha y por años se le mentaba como una de las damas de más alta alcurnia de Bogotá. Por ello tienen razón quienes la califican como ‘zona de cuidado’, sí, ‘de cuidado’ la deja de visitar porque se va a perder de un importante trozo de la historia de la ciudad.



Y tú, ¿ya conoces 'El Burro'?